Elaboración: Comenzamos limpiando las sardinas, quitándoles las escamas, las tripas y la cabeza. Se lavan bien, se secan y sazonan con un poco de sal. En una satén, con la mitad del aceite, se fríen las sardinas después de haberlas enharinado, sacudiendo previamente cualquier exceso de harina.
Freímos las sardinas a fuego vivo, de forma que queden ligeramente doradas por fuera, pero sin terminar de hacerse por dentro. Según las vayamos cocinando, las reservamos en un recipiente de barro, porcelana o vidrio.
Cuando hayamos terminado de preparar las sardinas, en el mismo aceite donde se han freído (siempre que no se haya quemado y no sea excesiva la cantidad de harina residual), añadimos los ajos, pelados y enteros, las dos hojas de laurel y el resto del aceite. Se fríe a fuego suave, y cuando los ajos estén ligeramente tostados, añadimos los aromáticos; el tomillo, el orégano y unos 10 granos de pimienta negra.
Verter la preparación sobre las sardinas y dejar enfriar. Reposar en el frigorífico, por lo menos durante un día. Lo ideal es degustarlas a temperatura ambiente, al natural, en ensalada o incluso en bocadillo. Una vez escabechadas, se pueden conservar varios días en el frigorífico y son ideas para embotar para conserva.
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